DE ALMA A ALMA

lunes, 5 de diciembre de 2011

El retorno de Sarah de René Rodríguez Soriano


"La vida entona su canción,
La vida ríe para ti.
Adiós querido corazón.
Sarah, Sarah, sé muy feliz".
Charles Aznavour


QUÉ DE VUELTAS DA LA VIDA, Sarah. Pensar que jamás podré borrar de mi memoria el impacto que me causó encontrar a Albita con los ojos descosidos de lágrimas; abrazándome desesperada porque Lucio, Lucio Armando, su querido Lú, había caído ametrallado por una patrulla, en brazos de tía Pancha; o aquél otro sábado en que, de repente, al entrar sin leer en el pequeño avisador, crucé la puerta del Salón Azul de la Funeraria La Altagracia y me encontré frente a frente con el velatorio de José Alberto, mi otro yo, mi gran amigo, hermano; José Alberto allí, con la sangre helada y la última mirada perdida en una imagen que ya nadie jamás pudo descifrar y tía Ana, desolada, llorando como loca y Martha y Aura y Pamela, la pobre Pamela, dos noches antes ilusionada con su impostergable boda, el mes que entra, Jorge, no lo olvides, y yo, seguro, Pam, seguro, tan seguro de la vida, del momento, la boda o mejor la vida que acababa de jugarme/jugarnos tremenda vuelta.

Como la vuelta que me está jugando ahora, aquí, otra vez frente a frente, tú y yo, en el mismo lugar donde hace 25 años, despidiendo a tu abuelita Rosaura, nos conocimos y dimos inicio, primero, a una singular amistad; más tarde, a una tórrida complicidad, loca, sin límites y, luego, sin acuerdos ni testigos, el amor, despavorido y tierno. Tu y yo, disparados como lagartos contra la eternidad y el tedio.

Y ahora, que vuelvo a sorprenderte, con los párpados erosionados por el llanto, se me nublan los recuerdos y busco en mis adentros, me pregunto y desando los lugares, a ver si encuentro justificación a mis vaivenes de estos últimos seis o siete años. Ahí estás, Sarah, como siempre, es más, más Sarah que nunca, toda tú. Dueña de ti, dueña de la situación, del momento, del espacio, como aquella noche cuando nos conocimos y empezó todo. Te ofrecí cigarrillos, recuerdo que salimos a esa especie de balcón o altillo que da a la avenida y uno avista los automóviles y los que llegan como desde una especie de mirador. Fumamos y hablamos de la niñez, tus ojos, más allá de las lágrimas, tu pelo y tu voz nombrando, nombrándola sin aspavientos. Cómo olvidar esta fecha, sábado por demás, si en ella, aunque te conté todo sobre mí y mis frustraciones con el tipo de personas con las que tenía que tratar y el desconsuelo que me causaba haber tenido que dejar la universidad para ponerme a administrar el negocio familiar, comencé a cortejarte y a rondarte.

Seguimos frecuentándonos, recuerdas. Yo andaría por los 17 ó 19 y, además de tener que pasar largas horas organizando y calculando estúpidos eventos sociales y comerciales para mis clientes, comenzaba a cobrar cuerpo en mí esta pasión que nunca pude precisar la fecha en que me nació y creció. Esta necesidad vital, esta afición sabatina de visitar, puntualmente, entre 8:15 y 9:45 de la noche, por lo menos dos funerarias y, al azar, elegir uno de los salones para participar de las honras fúnebres que allí estuvieran celebrándose y luego, eventualmente, compartir un momento con deudos y allegados de los finados.

Este ir y venir de Savica a La Humanitaria y otras tantas de pueblos y ciudades que no vale la pena recordar ahora, tiene para mí un valor incalculable. Entre muchas otras cosas importantes, me ha dejado la satisfacción de conocer y entrar en contacto con personas que, tanto en el plano afectivo como en el profesional, han marcado huellas significativas en mi camino. Eres el más vivo ejemplo y, ni qué decir de lo provechosas que han resultado ser muchas de las relaciones desarrolladas en mis peregrinaciones de sábado por la noche, para el desenvolvimiento de mis negocios que, paradójicamente, son, o están en la acera frontal de las actividades que tienen lugar en una institución como ésta.

Asisto a los velorios por la convicción que tengo de que lo necesito tanto, como necesitan la oración los que acostumbran dedicar unas horas a esta actividad o, simplemente, reunirse, como lo hacen otros, con amigos, a tomar tragos, conversar, conspirar, en fin. Nadie podrá criticarme, Sarah. Ni cuestionarme, como tampoco yo la emprendo contra los que, cada domingo o sábado, se levantan apenas sale el sol, toman café, preparan un termo o neverita con agua, refrescos o cervezas y se van para una cancha o estadio a jugar baloncesto o béisbol, cada cual hace con su tiempo lo que le venga en ganas. Yo voy de funerarias.

Sólo Dios sabe que mi intención, jamás, ha sido la de usar esta actividad como trampolín para hacer negocios o promover mi compañía. Es más, aunque nunca te lo dije, ahora me da por creer, que adopté mi religión de asistir a los velorios como una purga, en realidad, siempre he sentido vergüenza de haber tenido que abandonar mis estudios de arquitectura para tener que pasar a bregar con toda suerte de frivolidades y chucherías con gente que no aspira a otra cosa que a salir en las sociales de los diarios o echarle tres faroles al vecino.

Mis familiares, y todos los que me han tratado de cerca, principalmente tú, Sarah, pueden atestiguar con la pasión con que he cumplido mi rol. Ningún motivo o contratiempo ha impedido que, hasta la fecha, cada noche del sábado yo participe de un funeral. Incluso, cuando he tenido que viajar, cuestiones de trabajo, vacaciones u otros motivos, si tengo que pasarme uno o varios sábados en alguna ciudad extraña, lo primero que hago es ubicar la o las funerarias más cercanas al sector donde me alojo.

Si bien es cierto que he cultivado amistades y, por qué no decirlo, buenas relaciones comerciales, también no me han faltado las experiencias amargas, al descubrir, sorpresivamente, que un conocido lejano o amigo entrañable fue el elegido de esta noche del sábado por mi azar y Las Parcas. Y así, como no puedo precisar, entre esta masa de recuerdos coagulados, nombres, lugares exactos y otras fechas importantes, fatídicas, tristes, pesarosas. Siento, lo sé, Sarah, que dejé en algún rincón los dolorosos golpes que te asesté en el alma, a ti, que me sabes tanto, que me acompañaste pacientemente y, cada sábado, hasta hace más o menos siete años, me esperaste ansiosa para afligirte o sorprenderte de la cercanía o lejanía de los que se iban con mi lotería de la noche.

Pero hoy, justamente 25 años después de nuestro coincidencial encuentro en este Salón Dorado, de La Paz, donde te sorprendo, de negro, triste, muy triste, Sarah. Ya sentada en primera fila. Ya consolando a Maura. Ya despidiendo a Alfonso. Es cierto, que no puedo contenerme y quisiera. Es más, intento acercárteme. Abrazarte y besarte, aquí, delante de todos y pedirte perdón por este ruin abandono, llenarte de mimos, de ternura y calor. ¿Mas, de qué me valen estas ganas y este impetuoso amor de última hora, si la sangre helada en mis venas me impide levantar este cristal del ataúd que me separa del mundo que aún palpita, de tus ojos, Sarah? © Bala perdida y otros hallazgos, (1996)

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