DREAMER

viernes, 20 de septiembre de 2013

DOÑA PERFECTA O LAS MUJERES TRISTES





Ella murió, como  muchas tantas mujeres: de vida y en vida.  Dejó de existir cuando se le acabó súbitamente la sonrisa. Estaba aún consciente cuando se le hicieron trizas las venas vacías ya de sangre, cuando se le secaron los ojos vacíos ya de llanto, cuando se le desgarraron las alas  inútiles ya de tanta espera, cuando se le rompieron los brazos ajados ya de nada, cuando el latido se le mudó a habitar otros mundos.
A pesar de todo se echó a gestarse nuevamente,  más no superó el parto de sí misma y esta vez  fue yéndose despacito como el agua por un grifo que gotea pero, como siempre, sin molestar, sin ruido, sin apenas presencia.
Una vez desnuda de piel, se echó a vagar sin rumbo, adentrándose en el bosque de la pena.  Sin suministro, ni abrigo, ni palabras se volvió pena y la pena, todos lo saben,  come mujeres tristes; se las traga y las guarda en lo más profundo de la noche negra de sus entrañas.
Si la mujer no abre sus ojos, o nadie se acerca a echarle una cuerda de luz,  allí queda atrapada para siempre.
Cuentan que él  le trenzó palabra a  palabra un hilo de plata para traerla nuevamente al mundo de los vivos, pero que fue  demasiado tarde porque ella ya no escuchaba, ya no veía, ni sentía. Ni una sola célula de lo que un día fue, le permitió creer en aquel amor.
Hambrienta, sedienta y vacía, vagó hasta que un día su única ocupación fue tragar.
Tragaba, tragaba y tragaba  mujeres tristes.


Teresa Delgado © 2013

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