DE ALMA A ALMA

sábado, 14 de septiembre de 2013

III FESTIVAL ATLÁNTICO DE POESÍA " DE CANARIAS AL MUNDO" (PROGRAMA)






Texto de la interesante e importante intervención del Escritor y Crítico de Arte FRANCK GONZÁLEZ GUERRA en la inauguración de la Exposición "LOS SUEÑOS DE BACO"

SEMBLANZA HISTÓRICA DE BACO

Franck González

Me pide el comisario de esta muestra, Diego Casimiro, que les brinde a ustedes esta noche una breve semblanza del dios Baco. Nada, unos cinco minutos, me dice. Y yo, qué quieren que les diga, no he podido negarme. De modo y manera que aquí estoy, en este museo en el que me siento como en casa –con el permiso de su alma mater, Pepe Rivero-, y ante ustedes, a los que pido de antemano su indulgencia, dado que ustedes han venido por el congreso, por los cuadros y por las palabras de Rosario. Y no por las mías.

Pero, pacta sunt servanda, lo pactado obliga, y hora es ya de que me meta en harina. Baco, como cualquiera que haya echado un ojo a la Wikipedia podrá corroborar, es (Inicio de la cita) “En la mitología clásica, Dioniso (en griego antiguo Διώνυσος Diônysos o Διόνυσος Dionysos), el dios del vino, inspirador de la locura ritual y del éxtasis, y un personaje importante de la mitología griega. (…) En el panteón griego, Dioniso fue incorporado como hijo de Zeus y Sémele, nieto de Harmonía y bisnieto de Afrodita, si bien otras versiones afirmaban que era hijo de Zeus y Perséfone. Fue también conocido como Baco (en griego antiguo Βάκχος Bakkhos)[2] y el frenesí que inducía, bakcheia”. (Fin de la cita)

Bueno, para esto es para lo que sirven estas enciclopedias on line. Brindan información a quien no la tiene. Está ahí, pero nosotros no nos ocuparemos esta noche de la biografía de un díos que tiene mucha letra menuda.

Baco, el Dionisios griego, fue, como todos ustedes saben, una de aquellas deidades que los antiguos pueblos del mediterraneo oriental inventaron para explicar, para dotar de sentido a uno de los grandes procesos de expansión agrícola que se producen en esa área geográfica. Entre el sexto y el cuarto milenio antes de Cristo se produce la difusión de la vid -y con la planta, de la cultura del vino- desde la actual Georgia -la tierra de Jasón y el Vellocino de Oro- hacia Palestina, Egipto y Creta, por un lado, y hacia los Balcanes, Italia, el norte de África y España por otro. Este origen difuso, disperso, encuentra su eco en el propio origen de Baco, quien aparece como extranjero en no pocas obras de teatro de la Antigua Grecia. Porque Baco, no lo olvidemos, es un antiquísimo dios bárbaro, cuyas principales características absorbería Osiris en el panteón egipcio y que sólo muy tardíamente -ya a lo largo del último milenio antes de Cristo- llegaría al panteón heleno.

La guía principal de la fábula mística de Dionisios –nos dice Robert Graves en su clásico estudio Los Mitos Griegos- es la difusión del culto de la viña. La personificación del cultivo en la persona del dios cornudo responde a la cosmovisión de un mundo aún en los primeros estadios agrarios de la humanidad. Un mundo profundamente arraigado a los vínculos más primarios –las relaciones de familia, clan y tribu- que marcan las relaciones humanas desde la llegada del hombre moderno a Europa desde África hace 40.000 años hasta hace bien poco. La filiación -el establecimiento de una sucesión paterno-filial- es uno de los nudos de la mitología clásica. En algún rincón de mi biblioteca aún conservo un póster, comprado en algún museo más allá del mar, que contaba la historia de los dioses griegos a través de un árbol genealógico. Más allá de su evidente componente didáctico – la familia olímpica excede, con mucho, el centenar de miembros- el árbol expresa mejor que cualquier otra imagen la necesidad de explicar la historia del mundo a través de una sucesión de Edades en las que las diversas generaciones de dioses, héroes, semidioses y mortales viven y mueren. Algo similar sucede en la tradición judía de la que habría de nacer el cristianismo, en donde encontramos la historia del pueblo elegido a través de Reyes, heroínas, profetas y guerreros. En ambos conjuntos de relatos –la Toráh o antiguo testamento y la mitología helénica-, los motores del mito y de la poesía, la muerte y el amor -eros y thanatos-, se explican a través de arquetipos, parábolas y patrones de comportamiento cuya repetición a lo largo de milenios han llegado a hacer mella en nuestra memoria cultural. Se pretende explicar así el azar de la vida a través de patrones literarios, empleando caracteres, personajes, bien definidos, con sus luces, sus sombras, y su inevitable destino. Personajes, ya dioses, ya semidioses, profetas o héroes, cuya acción responde a una concepción de la vida como una mera representación teatral. Y no en vano Baco es el dios de la Tragedia. Titularidad que el poeta Virgilio pretende derivar de “tragos” -cabra- pero que el investigador J. E. Harrison cree más acertado derivar de “tragos” -espelta-, un cereal utilizado en la antigua Atenas para elaborar cerveza.

La referencia a la cerveza es importante por cuanto nos ayuda a situar a nuestro personaje en toda su complejidad. Nuestro Baco romano, nuestro Dionisos heleno es, en realidad, una superposición de un Dionisos anterior, un dios de la cerveza conocido como Sabacio. Las superposiciones –el reciclado diríamos hoy- de los dioses y otras criaturas sagradas han sido moneda común a lo largo de los milenios. Sin ir más lejos, el cristianismo cristiana sigue utilizando para representar al diablo una imagen, la del monstruoso y cornudo dios egipcio Bes, cuya primera representación gráfica nos lleva hasta mediados del Segundo Milenio A.C. Pero Dionisios, a diferencia del enano fondón Bes, no llegó a perder del todo su memoria anterior de deidad de las bebidas fermentadas. Una vez que llegó a la edad adulta –nos cuenta Robert Graves- (abro cita) “Fue a recorrer el mundo entero acompañado por su preceptor Sileno –[el más sabio de los sátiros]- y un ejército de Sátiros –[personajes mitológicos mitad hombres, mitad cabras, representación del apetito sexual desordenado]- y ménades- que puede traducirse literalmente por “las que desvarían”- cuyas armas eran el báculo con hiedra enroscada y con una piña en la punta, llamada Thyrsus, y espadas, serpientes y panteras que infundían el terror” (fin de la cita).

La referencia a la hiedra es significativa por cuanto en el antiguo culto mistérico de Dionisios se celebraban los dos nacimientos de Dionisios –el primero causado por un relámpago sobre Demeter, la tierra; el segundo, al salir del muslo de Zeus- a través de la ingesta de una bebida basada en la fermentación de la hiedra.

¿Que qué son estos dos nacimientos? Mucho antes de la aparición de Cristo, el mundo mediterráneo celebraba el nacimiento a la vida terrena de Osiris y, tras su muerte y resurrección, su segundo nacimiento, ahora, a la vida celeste. Pues bien, los cultos mistéricos de Dionisios también celebraban su muerte por desmembramiento y su nacimiento a la vida divina a través de la resurrección. Y no es lo único que Baco comparte con Osiris. Ambos reivindican ser los primeros en cultivar y pisar la uva para hacer vino.

Pero volvamos a la referencia a la hiedra. En los cultos mistéricos las bacantes (acepción latina de las ménades) bebían una singular bebida procedente de la fermentación de la hiedra. Graves, en su ensayo Los dos nacimientos de Dionisios explica con detalle un proceso que solo enunciaré aquí. La fermentación de la hiedra produce una bebida que, por sí sola no consigue alterar la conciencia de quien la bebe. Sin embargo su consumo a lo largo de siglos llevó al descubrimiento de que, añadiendole Amanita Muscaria, la bebida se convertía en un fuerte narcotizante al pasar por los riñones del bebedor. La orina resultante –procedente del sacerdote- se convertiría en el núcleo de los cultos mistéricos de Dionisios, dando sentido a la expresión “las que desvarían” o ménades. El beber dos veces la misma bebida permitía, como los dos nacimientos, acceder al conocimiento reservado a los dioses. Los estados alterados de la mente, como todos ustedes saben, forman parte del estadio inicial de prácticamente todas las religiones del mundo hasta la aparición de las religiones del libro. Dionisios es, en este sentido, el testigo de la puerta abierta hacia lo irracional, un liberador de la psique, un enajenador capaz de poner sobre la escena las pasiones más primarias. El dios de los deseos satisfechos. Un tipo, al fin, más propio de la Beat Generation y de Woodstock que de estos tiempos tan fríos y grises. Dionisios es el liberador que nos acompaña, como un chamán, por los complejos vericuetos de las sensaciones. El que nos hace olvidar nuestro yo racional.

Baco es, también, aquel que permite poner en comunicación el mundo de los vivos y de los muertos. Una relación que ha quedado asociado con el uso simbólico de su principal don , el vino, a través del culto cristiano en donde el vino se convierte en la sangre del dios que debe ser bebida para abrir la puerta del más allá. Con este nuevo mensaje, el cultivo de la vid se extendió por toda Europa primero y por la América española y católica después. Y entre ambos continentes llegó a las islas a finales del siglo XV. Necesario para el ritual sagrado, la uva ha sobrevivido a la caña de azúcar, a las plagas que en el siglo XIX asolaron las cosechas de la España peninsular, al tomate, al plátano y al turismo, dejándonos un legado vivo que un puñado de bodegueros y enólogos luchan hoy por mantener. En una de estas bodegas de Gran Canaria hay un gran friso pintado dedicado a Baco. Una lectura visual que mi amigo Cristóbal Guerra hizo de un texto de Nonno de Panópolis, el texto sobre Baco de referencia, escrito ya en los estertores de la Cultura Clásica, en la Tebaida egipcia del siglo V de nuestra Era. Una lectura que, como la que han hecho ustedes y ha glosado mi querida Rosario, nos permite acercarnos, una vez más, a un pasado que esta noche volvemos a hacer presente.



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