DREAMER

lunes, 3 de marzo de 2014

La tempestad de Liz Durand Goytia


Ilustración de Chistian Schole


La tempestad

Llueve esta agua única que todavía no nos conoce,
extrañas gotas hacen pespuntes en el tejado
y no han caído sobre nuestras cabezas,
no han llenado las copas que tomamos.
Un remolino mojado me azota las ventanas,
decapita las velas, lanza su líquido ronquido
sobre mis almohadones.

Me levanta cada vez más la voz la lluvia necia,
me asusta hasta los huesos, me hace sentir mas huérfana.
En dónde está tu pecho del que brota consuelo,
dónde tu voz que diga los conjuros
contra los maleficios del agua enfurecida.
Van naciendo los ríos que brotan de los ojos
de aquellas que no han podido ser
más nubes, más alas ni manzanas,
aquellas que se duermen en los patios
de la feroz desesperanza.

Aquí tengo mi voz casi hecha grito
ciega ente la corriente que no cede,
que martilla neumática la casa.
Densas paredes de agua me contienen
en la noche que es pozo sin estrellas.
Resienten humedad los huesos que te extrañan
paralizados por la espuma del frío,
por el azote de esta lluvia diferente
que todavía no toca tu cabeza cobijando la mía
porque aún no nacemos para el mundo,
no hemos firmado el pacto para que todos sepan
que es la sangre lo que nos tiene juntos,
la sangre que a diferencia de la lluvia
no corre por las calles,
se queda contenida en nuestras venas,
nos canta con un ritmo que nadie más entiende
pone la sal en nuestras citas escondidas:
aventuras que sacamos de un baúl
lleno de fotos imposibles,
de voces que nunca se atrevieron,
de besos que sólo fueron sueños.

Sueños que fueron medicina y palio,
pálidos sueños que gastó otra lluvia,
una que estuvo en los pasados tiempos
cuando ni tú ni yo teníamos luz
y nuestras sangres no cantaban en las venas.
Venas que como ríos nos empujan al mar
donde la espuma teje algunas noches,
donde la luna debate con las aguas
que son saladas también, como la sangre.

Vuelvo a encender las velas para mirar la lluvia.
El corazón encogido como un durazno seco
se duele de sus huecos, de tu ausencia,
de esa falta de pecho en donde guarecerse.

Sigue la lluvia afuera,
sobre todas las calles que no nos acercan,
sobre todas las casas donde no estamos juntos.
Sigue la tempestad que me inunda los ojos
y no tengo tu boca que me beba
y no tengo tu mano que me alivie.
Sólo tengo mi voz a un lado de mi cama.
Sobre mis almohadones,
el líquido tronido de la lluvia
va anegando esta falta de sueño,
esta difícil manera de pasar la noche
dejada de tu mano.


 Liz Durand Goytia
(Ensenada- México)

https://www.facebook.com/lizdurandgoytia


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