DE ALMA A ALMA

lunes, 10 de julio de 2017

ESTAMPA


 Vengo de vez en cuando, menos de lo que debiera. La maldita cotidianeidad me atrapa. Se me olvida mi promesa de no olvidarme. Esa que me hago siempre que vengo a este lugar que me tocó en suerte heredar de mis abuelos.
Nada más llegar al pueblo, respirar la sal y sentir el sol se obra una especie de milagro en mí y se me abre el pecho, me llega el aire y me comienzan a importar un comino las mismas cosas que me estaban triturando el cerebro durante el viaje.
Entonces inicio el ritual. Me quito los zapatos, camino descalza por el suelo de arena y escucho la voz que mi abuela me dejó grabada en la memoria
─No estés descalza mi niña que pueden haber cristales rotos
Pero si no le hacía caso viva menos le voy a hacer caso muerta, sobretodo porque inmediatamente veo su imagen en el quicio del ventanuco con la cabeza ladeada y una sonrisa grande y porque mi abuela nunca se nos enfadaba.
Luego entro y preparo la cafetera chica porque aquella casa sin olor a café parece otra casa. La cafetera grande era para cuando estábamos todos, que éramos muchos y cafeteros.
Después barro el patio con la escoba de abuela, donde yo me subía para jugar a que era una bruja y escucho de nuevo su voz
─ Mi niña con eso no se juega y menos de noche y menos con la luna llena no vaya a aparecérsele una.
Yo me asustaba un poco y ella se reía, entonces a mí se me quitaba el susto. Una vez nos fuimos juntas a ver la luna reflejada en el mar. Fue la noche que me enamoré de ella. Nos sentamos apoyadas en la falúa de abuelo y me contó una historia de lunas y mujeres, de cuando abuelo se fue a la guerra y ella se quedó con mi padre en la barriga y contando las lunas y pidiéndole que su marido llegara antes que el hijo por nacer. La luna se lo cumplió y ella cada mes le daba las gracias, también a la Virgen del Carmen claro, porque no estaba muy segura de quién le había hecho el milagro.
Parece cosa del cielo pero es sentarnos en ese rinconcito a tomar café y resucitar a los muertos, reviven las plantas que plantó abuela, huele al humo de la cachimba de abuelo y se escuchan las mismas voces, los chiquillos jugando y un montón de gente conversando alrededor del pescaito fresco y la pellita de gofio.
Las noches como esta en que la luna llena el cielo y se derrama en el mar, me acerco a la playa y me apoyo en una falúa cualquiera y la miro y me parece escuchar nuevamente la voz que me arrulla como ese mar tranquilo que llega a la orilla y la besa. Y a veces le pido cosas porque yo sé que fue ella quien trajo a mi abuelo a los brazos de mi abuela que las mujeres se entienden bien entre ellas.
En este rincón que, es mío de vez en cuando, el tiempo se sale del reloj y camina para donde le da la gana, tira pa´tras y me trae los recuerdos, se me planta delante si se le apetece y juega hábilmente a ser futuro y a que me de cuenta de lo que realmente vale la pena.
Sentarse un día en la silla blanca, preparar un buen café y que los recuerdos que vengan nos hagan ladear la cabeza mientras sonreímos una sonrisa grande como la de abuela.
Por eso siempre me prometo volver y procuro que no se me olvide mi promesa de no olvidarme.


Safe Creative #0911260084719Teresa Delgado © 2017 Copyright © - Se otorga permiso para copiar y redistribuir este artículo con la condición de que el contenido se mantenga completo, se dé crédito al autor(es), y se distribuya gratuitamente.

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