PÁJAROS- Gustavo Santaolalla

martes, 12 de diciembre de 2017

EL PAN DE CADA DÍA



No fue azar que mirara en el momento justo en que la navidad estalló ante sus ojos al encenderse la decoración del gran centro comercial.
Aquella súbita  avalancha de brillos y colores le hizo recordar la última navidad con su mujer, en la que fuera su casa hasta solo quince días más tarde.  Fue una Nochebuena esplendorosa, la casa bonita, la mesa servida con deliciosas  viandas, los invitados, luces, carcajadas, nervios, ilusión...
Apretó contra su pecho el libro que siempre llevaba consigo como un talismán y que, precisamente,  esa navidad le regaló su esposa. Dentro, marcando el capítulo siete, lucía el marcapáginas con la fotografía de ella. Lloró como también los hombres saben llorar.
Atrás quedaron los sueños recién estrenados. El trabajo de los dos, el flamante préstamo, la casa nueva. Después de muchos años trabajando se atrevieron con la hipoteca que les ofrecían como una oportunidad única de adquirir el piso en donde siempre habían vivido de alquiler.
Pero, e inesperadamente, la empresa para la que trabajaron por casi una vida se declaró en quiebra y ambos quedaron sin empleo y sin cobrar siquiera una triste indemnización. 
De la noche a la mañana quedaron en la calle como vagabundos hasta que tuvieron la oportunidad  de subsistir  gracias a la solidaridad de asociaciones que proveían de lo básico a familias que, como la suya, lo habían perdido todo.
¡Cómo puede cambiar una vida en tan solo un año! No es fácil encontrar trabajo a cierta edad.
Observó en uno de los escaparates  la hilera de jamones como promesa de una opulenta y feliz navidad cuando, de repente, se sorprendió sonriendo.
Paradójicamente cuando más cosas había perdido, más había ganado.
Mucha gente en su misma situación formaba una red de ayuda de la que le gustaba formar parte, se reunían dos veces al día en torno a una mesa en donde la palabra compartir cobraba su máxima expresión.  Los comensales se miraban a los ojos y disfrutaban con gratitud de cada alimento que les era servido. Las historias que les gustaba contar y escuchar eran de esas que le sacan a uno de esas lágrimas que te abren el corazón y te lo dejan como nuevo. Tenía un lugar para dormir junto a la mujer y  compañera de su vida y un flamante ejemplar de Rayuela que le leía cada noche. ¿Qué más podía pedir?
─Podría pedir  un trabajo, un lugar donde vivir y morir de manera digna junto a mi Maga...pero, en este momento, no cambiaría ni uno solo de esos jamones por la alegría con que unto, cada mañana,  mi pan de cada día.
Teresa Delgado © 2017

EL CLUB DE LOS RETOS DE DÁCIL

RETO SEMANA DEL 8 AL 15 DE DICIEMBRE:

Vagabundo. Jamón. Marcapáginas. Solidaridad

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